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Viudedad y soledad

La desaparición del cónyuge, en muchos casos tras largos años de convivencia, es uno de los motivos más importantes de soledad en la vejez. Hablamos de un desafío no sólo para la persona afectada sino también para sus familiares.

De entre todos los retos que afronta la sociedad actual la atención a los ancianos es uno de los más destacados. El aumento de la esperanza de vida ha generado en las últimas  décadas que un buen número de personas vivan solas. Ya en 2015 un informe de CSIC señalaba el incremento en España de los hogares unipersonales en personas de 65 y más años, y de ellos un 28,9% de mujeres frente a un 14,1% de hombres. No obstante, destacaba también dicho estudio que esos porcentajes son menores en nuestro país que en otros países europeos, tal vez por las características especiales de la convivencia familiar en los países meridionales con respecto a las sociedades del resto de  Europa.

Las causas de esa soledad son varias, puede venir impuesta por las circunstancias o ser voluntaria, pero no cabe duda de que la desaparición del cónyuge, en muchos casos tras largos años de convivencia,  es uno de los motivos más importantes de soledad en la vejez. Este hecho va a generar en el viudo/a cambios y problemas añadidos en su vida diaria y, no menos importante, en su estado anímico. Cambios que afectarán a los diversos ámbitos de la vida: pérdida de nivel económico, especialmente en las viudas, posibles consecuencias en la salud, gestionar la nueva situación tanto a nivel práctico como psicológico etc.

Hablamos de un desafío no sólo para la persona afectada sino también para sus familiares. Pero también para la sociedad en su conjunto, que dentro de lo posible deberá dotar a estas personas, a menudo en situaciones de gran vulnerabilidad, de recursos suficientes para aminorar esa sensación de soledad: centros de día, residencias, facilidades para actividades, acciones de voluntariado, etc. 

No obstante, será importante que el cónyuge superviviente sea capaz de gestionar en lo posible su nueva situación. Aquel que siga manteniendo unas relaciones familiares periódicas y activas podrá afrontar con mayores garantías el nuevo tiempo que le toca vivir, ya que le proporcionarán un apoyo emocional y material que puede ser decisivo. Un caso particular muy relevante es el trato y cuidado de los nietos.

Mantener su propia independencia y arraigo y al mismo tiempo intentar ampliar las relaciones sociales será una fuente de autoestima. En ningún caso sería conveniente reducir actividades de ocio ni tampoco descuidar las acciones rutinarias del día a día anteriores a la desaparición  del ser querido.

Es evidente que habrá un periodo de transición y que cada persona gestionará el tiempo de duelo de forma distinta. Momentos en que la propia salud puede verse afectada, con el fantasma de la depresión siempre acechando. Por ello es tan necesario variar lo mínimo posible las condiciones de vida anteriores a la situación de viudedad y no dejarse llevar por el desánimo. El aislamiento nunca es una solución. 

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